Escribamos, démos una vía de escape a la ira, al enfado, al llanto rabioso, a la estupidez, a la ignorancia, a la cabezonería. Escribamos, esplayémonos en líneas, en unos cuantos caracteres amontonados, sin sentido para muchos. En una maraña de sintagmas, esos grupos de palabras que desempeñan funciones. Para mí, ahora, ¿la más importane? Desahogarme.
" Esta historia que os cuento ahora, me nubla la vista. Esta historia va sobre el odio. Los grandes diccionarios lo definen como algo semejante a esto: "Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea." Para mí, esto son sólo palabras unidas por nexos, palabras que en sí que no significan nada. ¿Queréis mi versión del odio? Sólo una palabra: DOLOR. Así es, mirad a vuestro alrededor. O mejor aún, mirad en vosotros mismos. ¿Cuántos no hemos odiado alguna vez? Y me refiero al odio verdadero. No me refiero al odio provocado por la envidia o la ambición. Para mí cualquier persona que odie en ese sentido, está vacío, se siente inferior. Pero aún así, esta es la base del odio: inferioridad. Sí, una persona no te hace daño si no te consideras inferior a ella, ¿verdad? Al menos esta es mi versión.
Pero como iba diciendo, esta maraña de palabras no tiene nada que ver con la ambición o la envidia, en absoluto. He odiado a dos personas en mi vida. La primera vez, por amor. Sí, ¡qué fina línea separa el amor del odio! Bien, esa vez fue sencillo, fue fácil dejar de odiar (que por supuesto, es lo mejor que puedas hacer). Bastó con tiempo y entretenimiento.
Pero la segunda vez, es la que corresponde a mi carga. Es fácil dejar de odiar a alguien que apenas ves. Borrón y cuenta nueva, ¡a seguir viviendo! Pero esta vez, no fue así, no es así:
"Érase que se era una niña sensible y al mismo tiempo alegre. Sus tirabuzones rojizos alcanzaban casi su ombligo. Sus ojos verdes, pasionales y traviesos, desprendían bondad irradiable. Sus pecas en su pálida piel añadían inocencia a ese pequeño ser. Claire era llamada comúnmente.
Claire, amaba el Sol y al parecer, el Sol la amaba a ella. Pasaron muchas tardes juntos. Él la cosquilleaba sobre sus inocentes pecas. Ella movía sus tirabuzones de un lado a otro para que él se riera un poco. Debo añadir, querido lector, que esas sonrisas eran el alimento de ambos.
Nadie sabe por qué, pero un día, el cielo quedó opaco a causa de numerosas nubes. Y entonces, llegó el gélido invierno. Todos sabemos que en invierno también hay días soleados, claro que sí. Pero nadie sabe cómo ni por qué, el Sol no se asomó. El Sol, no iluminó el cielo. El Sol no luchó contra las nubes. Ni siquiera sus rayos lo intentaron.
A cambio Claire, tuvo agua, frío y lágrimas para recompensarla. La niña empezó a volverse aún más pálida de lo que ya era. El agua, fue arrebatándole su pelo rojizo, dejándola apenas rubia. El cruel frío amorató sus manos e inmovilizó sus articulaciones. Las lágrimas tiñeron sus ojos de negro. Dejándola así sin inocencia, sin confianza en sí misma, solitaria, abandonada y sobre todo, robándole cualquier atisbo de alegría.
Otro día cualquiera, llegó la primavera, y el Sol volvió. Y allí se sorprendió, allí la vió. Allí una niña apenas de 8 años aparentaba 40. Sus tirabuzones rojizos habían desaparecido dejándole lisos cabellos blanquecinos. Sus ojazos verdes, se habían achicado y ennegrecido. Su piel blanquita, había tomado colores morados, verdes y amarillos por ciertas partes de su cuerpo. Sus pecas habían desaparecido, todas, absolutamente todas. Su lindo cuerpecito, había adelgazado rozando la enfermedad. Y la tristeza no paraba de brotar de sus lindos ojos.
- Oh, ¡dios mio! Claire, ¿qué te ha pasado?
Tras una breve pausa, con las pocas fuerzas que le quedaban para hablar, consiguió decir:
- No, ¿qué te ha pasado a ti? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué ahora vienes cargado de la inocencia que un día me arrebataste?
- ¿Qué ha pasado con Claire? Tú no eres la niña que me alegraba el corazón.
- Ni tú quien hacía sonreir a mi alma....
Candela López
Con el tiempo quizás te veas obligada a aprender que no puedes aferrarte a nada. Ni si quiera a lo que parece eterno, como el sol. Yo opino que a lo único que debes agarrarte es a ti misma, a lo que sí sabes que durará para siempre. Siempre sabrás el porqué, el qué, el cuándo y el cómo de todo lo que ocurra en ti misma y puede que no te guste, pero jamás te abandonará.
ResponderEliminarOrencia y sus clases, en los razonamientos que desemboca. Ay.
Escribes realmente bien. Que nadie te diga lo contrario :)
Muchas gracias Aki!! :D Pero en serio, tú no te quedas atrás en absoluto!
ResponderEliminarTienes toda la razón, y me ha parecido extraordinaria la frase de: "no puedes aferrarte a nada. Ni si quiera a lo que parece eterno, como el sol." Precioso oye! jajajaja
Buah, sé que dentro de 2 semanas me arrepentiré de lo que estoy apunto de decir, pero.. Quiero volver al instituto! xDDDDD